Las doce princesas bailarinas un libro personalizado con tu hijo como protagonista
Doce pares de zapatos, rotos cada mañana
Cada mañana el rey encuentra los zapatos de baile de sus doce hijas agujereados, y ninguna quiere contarle por qué. La princesa más pequeña lo sabe: bajo la cama de su hermana, una escalera secreta lleva, entre árboles de plata, de oro y de diamantes, hasta un lago, doce barcas y un castillo donde la música nunca se acaba. Pero esta noche alguien las sigue, y la pequeña es la única que se da cuenta.
Paleta de colores: candlelit midnight blue, silver leaf, gold leaf and diamond sparkle
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Las doce princesas bailarinas: el cuento completo
Érase una vez un rey que tenía doce hijas, cada una más bonita que la anterior. Dormían juntas en una sala muy larga, con sus doce camas en fila, una al lado de otra, y cada noche, cuando ya se habían acostado, el rey cerraba la puerta y echaba la llave él mismo.
Pero cada mañana, al abrir de nuevo, se encontraba doce pares de zapatos de baile alineados en el suelo, y todos y cada uno de ellos estaban gastados hasta tener agujeros.
—¿Cómo puede ser? —exclamaba el rey, levantando un zapato con la punta agujereada—. ¡Si la puerta ha estado cerrada toda la noche!
Las princesas se miraban unas a otras sin decir nada, y la más pequeña, sentada en la última cama de la fila, se tapaba la boca con la mano para esconder la sonrisa. Porque ella conocía el secreto, igual que todas sus hermanas, y habían prometido no contarlo jamás.
Al final, el rey mandó llamar a un viejo soldado bondadoso que había vuelto de la guerra sin nada más que una larga capa gris. Se la había regalado una anciana a la orilla del bosque. «Quien se la pone se vuelve invisible», le había dicho. «Y cuando las princesas te ofrezcan algo de beber, no pruebes ni una gota».
—Vigila esta noche la puerta de mis hijas —dijo el rey, señalando el pasillo— y mañana por la mañana cuéntame adónde van.
La princesa más pequeña se asomó por detrás del marco de la puerta, miró al viejo soldado y se preguntó qué llegaría a ver.
Por la noche, la mayor le llevó un tazón de leche caliente con miel.
—Para que duerma bien —le dijo con voz muy dulce.
El soldado le dio las gracias y, en cuanto ella se dio la vuelta, vació la leche en una maceta, se recostó en la silla y se puso a roncar. La única que lo vio fue la pequeña, sentada en su cama con los ojos como platos.
—Ya duerme —dijo la mayor—. ¡Deprisa!
Las doce princesas saltaron de la cama, abrieron los armarios y se pusieron sus mejores vestidos de baile y sus zapatos más suaves. Después la mayor fue hasta su cama y dio tres golpes en el poste. Con un crujido y un retumbar, la cama entera se hundió en el suelo, y donde antes estaba se abrió una trampilla con una escalera de piedra que bajaba hacia la oscuridad.
Una tras otra, con una vela en la mano, las princesas fueron bajando. La pequeña iba la última. El viejo soldado se echó la capa gris sobre los hombros, desapareció a la vista de todos y bajó la escalera detrás de ella sin hacer ruido.
A mitad de camino le pisó el bajo del vestido.
—¡Ay! —gritó la pequeña, dándose la vuelta—. ¡Alguien me ha pisado el vestido!
—No digas tonterías —se rieron sus hermanas desde más abajo—. Se te habrá enganchado en un clavo.
Al pie de la escalera llegaron a una avenida de árboles en la que cada hoja era de plata y relucía a la luz de las velas. El soldado arrancó una ramita para llevársela, y se partió con un fuerte chasquido.
La pequeña se detuvo.
—¿Lo habéis oído? Esta noche pasa algo raro.
—Son nuestros príncipes, que gritan de alegría porque llegamos —dijo la mayor.
Luego cruzaron un bosque en el que todas las hojas eran de oro, y después otro en el que todas las hojas eran diamantes que brillaban como la escarcha. En cada bosque el soldado arrancó una ramita, cada vez se oyó un chasquido y cada vez la pequeña se dio la vuelta de golpe con la vela en alto. Pero no vio nada.
Por fin llegaron a un lago oscuro. Allí esperaban doce barquitas con farolillos, y en cada una había un príncipe sentado con sus remos. Cada princesa subió a una barca, y el soldado se sentó muy calladito en la de la pequeña.
—No lo entiendo —resopló su príncipe mientras remaba—. Esta noche la barca pesa muchísimo. Tengo que tirar con todas mis fuerzas.
—Será por el calor —dijo la pequeña, pero se quedó mirando un buen rato el asiento vacío del medio.
En la otra orilla se alzaba un castillo resplandeciente, y de él llegaba el sonido de tambores y trompetas. Los príncipes estaban hechizados: cada noche tenían que bailar en aquel castillo bajo tierra, y no podrían salir a la luz del día hasta que alguien subiera su secreto consigo.
Así que bailaron. La pequeña giró y giró hasta que el vestido se le abrió como una flor, y su príncipe le hacía una gran reverencia al comenzar cada baile. Bailaron hasta las tres de la madrugada, cuando los doce pares de zapatos ya estaban agujereados y tuvieron que parar.
Los príncipes las llevaron de vuelta al otro lado del lago. Esta vez el soldado se sentó en la primera barca, subió la escalera antes que nadie y, cuando las princesas entraron rendidas en su sala, él ya estaba roncando otra vez en su silla. La pequeña levantó su zapato, miró por el agujero y sonrió medio dormida.
Por la mañana, el rey las llamó a todas ante su trono.
—¿Y bien? —le preguntó al soldado—. ¿Dónde bailan mis hijas por la noche?
El viejo soldado colocó delante de él un cojín, y sobre el cojín había una ramita de plata, una de oro y una de diamante.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, la princesa más pequeña dio un paso adelante.
—Te lo cuento yo, papá —dijo—. Debajo de la cama de la mayor hay una escalera, y abajo hay bosques de plata, de oro y de diamantes, un lago y doce príncipes que tienen que bailar todas las noches por culpa de un hechizo. Y creo que alguien nos ha seguido.
El soldado se echó a reír e hizo una reverencia.
—Era yo, majestad. Y ella se ha dado cuenta de cada uno de mis pasos.
En cuanto el secreto se contó a la luz del día, el hechizo se rompió. Por la escalera subieron los doce príncipes con todos sus músicos, parpadeando al sol, libres por fin.
Esa misma noche, el rey abrió de par en par el salón de baile del palacio. Todos estrenaron zapatos de baile, el viejo soldado tuvo el mejor sitio de la sala y el rey se rio y bailó tanto que se le torció la corona. Y desde aquel día las princesas bailaron en el palacio siempre que quisieron, con todas las puertas abiertas, y nadie tuvo que volver a guardar un secreto.
Papeles para tu familia
Si añades a estas personas al libro, interpretan estos papeles con su propia cara. Cualquier otra persona que añadas entra en la historia como ella misma, junto al protagonista.
- El rey — ideal para: Abuelo, Padre, Tío
- El viejo soldado de la capa — ideal para: Abuelo, Tío, Padre, Amigo o amiga
- La princesa mayor — ideal para: Hermano o hermana, Primo o prima, Tía, Amigo o amiga