ES
← Todos los cuentos

Mi primer día de cole un libro personalizado con tu hijo como protagonista

Zapatos nuevos, amigos nuevos, un corazón valiente

La noche antes del primer día de cole, nuestro héroe está demasiado nervioso para dormir. A la salida tiene un amigo nuevo, un momento valiente delante de toda la clase y un dibujo para enseñar. Las mariposas de la barriga se han ido volando.

Leer el cuento completo ↓

Paleta de colores: sunny yellow, apple red and sky blue

Páginas de muestra

Ilustraciones de muestra de este cuento. En tu libro, tu peque será el protagonista y aparecerá con los colores de esta historia.

Despierto en la cama junto a una mochila nueva
Despierto en la cama junto a una mochila nueva
Una cera compartida con un amigo nuevo
Una cera compartida con un amigo nuevo
Saliendo por la puerta del cole con un dibujo
Saliendo por la puerta del cole con un dibujo

Libros de ejemplo

Mi primer día de cole: el cuento completo

La noche antes de su primer día de cole, Martina no podía dormir. Estaba tumbada en la cama con los ojos muy abiertos, mirando lo que la esperaba junto a la cama: una mochila nuevecita, con una cremallera que hacía rrriiis, y unos zapatos nuevos con cordones de color azul brillante.

Se dio la vuelta hacia un lado. Se dio la vuelta hacia el otro. Notaba cosquillas en la barriga, como si dentro revoloteara una bandada entera de mariposas. Algunas mariposas estaban contentas y emocionadas. Otras estaban un poquito preocupadas.

—¿Y si no sé adónde tengo que ir? —le susurró Martina a su osito—. ¿Y si nadie quiere jugar conmigo?

El osito no contestó, pero tenía una cara muy buena. Por fin, mucho más tarde que otras noches, Martina se quedó dormida.

Por la mañana, papá la ayudó a atarse los cordones azules y Martina se colgó la mochila nueva. Luego fueron juntos al cole, de la mano, calle abajo y al doblar la esquina.

El cole era grande. Mucho más grande de lo que Martina recordaba. Tenía ventanas altas, una puerta roja muy ancha y un patio lleno de niños y niñas que hablaban y se reían todos a la vez. En la puerta, Martina se agarró muy fuerte a las asas de la mochila.

—Es enorme —dijo con una vocecita.

Papá se agachó a su lado.

—Sí que parece enorme —dijo—. Pero tú eres más valiente de lo que crees. Y a la salida estaré aquí mismo, en la puerta, esperándote.

Le dio un abrazo, y Martina cruzó la puerta.

En la entrada de la clase había un maestro con gafas redondas y un jersey con un girasol. Sonreía a cada niño que llegaba y se sabía el nombre de todos.

—Buenos días, Martina —dijo—. Soy Andrés, tu maestro. Qué alegría que estés aquí.

Dentro, la clase estaba llena de colores y de ruido. Había mesas con botes de ceras, un rincón con bloques de construcción, una alfombra blandita y estanterías llenas de cuentos. Los niños corrían de un lado a otro, charlando y riendo. Martina no corría a ninguna parte. Se quedó muy quieta junto a las perchas, en una esquina, agarrada a las asas de la mochila y sin decir ni pío.

Entonces se fijó en alguien más.

En una mesa junto a la ventana había un niño sentado, solo. Tenía un papel delante, pero no pintaba. Se miraba las manos, y Martina pensó que debía de sentirse igual que ella por dentro: como si en su barriga también revoloteara una bandada entera de mariposas.

Martina respiró hondo. Fue hasta la mesa y se sentó a su lado. Luego sacó una cera del bote, la amarilla más brillante, y se la ofreció.

—¿La quieres? —le preguntó—. Es la que más sol tiene.

El niño levantó la vista. Poco a poco, sonrió.

—Gracias —dijo—. Me llamo Hugo.

—Yo soy Martina.

Y se pusieron a pintar juntos. Hugo pintó un sol amarillo enorme, Martina una casa con la puerta roja, y luego añadieron un perro, un árbol y un arcoíris. Al rato ya se estaban riendo, y Martina se dio cuenta de que sus mariposas preocupadas se habían calmado un poco.

Después de pintar, Hugo se fue al rincón de los bloques y construyó una torre. Puso un bloque encima de otro, y otro más, cada vez más alta, hasta que la torre era casi tan alta como él. Y entonces, se tambalea, se tambalea... ¡cataplán! La torre se vino abajo y los bloques rodaron por todas partes.

A Hugo empezó a temblarle el labio. Algunos niños se dieron la vuelta para mirar, y la clase se quedó en silencio.

A Martina se le pusieron las mejillas calientes. Todo el mundo estaba mirando. Pero aun así se arrodilló en el suelo junto a Hugo.

—La podemos hacer otra vez —dijo—. Juntos. Yo sujeto la parte de abajo para que no se mueva.

Así que Martina sujetaba y Hugo apilaba. Un bloque. Dos bloques. Diez bloques. La torre fue subiendo, más alta que antes, recta y firme. Cuando Hugo puso el último bloque arriba del todo, toda la clase se puso a aplaudir, y Andrés aplaudió más fuerte que nadie.

—¡Muy bien, vosotros dos! —dijo—. Ha sido algo muy bonito y muy valiente.

En el recreo brillaba el sol y todos salieron al patio. Martina y Hugo echaron carreras alrededor del árbol grande, pasando por el tobogán, hasta la valla y vuelta. Jugaron al pillapilla y a la rayuela, y se rieron hasta quedarse sin aliento.

Al volver a clase, era la hora del cuento. Todos se sentaron juntos en la alfombra blandita, y Andrés abrió un libro de dibujos sobre un osito que vivía una gran aventura. Ponía todas las voces, una grave y gruñona para el oso y otra chillona para el ratón, y los niños se reían y se acercaban para ver bien los dibujos.

Martina miró hacia la ventana. Esa misma mañana, Andrés había ayudado a toda la clase a recortar mariposas de papel de todos los colores, y estaban pegadas por todo el cristal. Entonces entró una brisa suave por la ventana abierta. Y durante un momento pareció que las mariposas de papel movían las alas, se despegaban del cristal y salían volando hacia el sol.

Martina se puso la mano en la barriga. Allí dentro todo estaba tranquilo. Las mariposas preocupadas se habían ido volando con ellas.

A la salida, Martina cruzó el patio corriendo, con su dibujo bien alto por encima de la cabeza. Y allí, en la puerta, tal como había prometido, estaba papá.

—¡Mira! —gritó—. ¡He hecho un dibujo! ¡Y tengo un amigo! Se llama Hugo, y hemos hecho la torre más alta de toda la clase.

Papá la levantó en brazos y le dio una vuelta en el aire.

—Sabía que podías —le dijo.

Esa noche, Martina preparó la mochila ella solita y la dejó junto a la cama, al lado de los zapatos nuevos. Se acurrucó bajo las sábanas con su osito. La barriga la notaba calentita y tranquila.

—Osito —susurró—, qué ganas tengo de que sea mañana.

Y esta vez se quedó dormida enseguida.

Papeles para tu familia

Si añades a estas personas al libro, interpretan estos papeles con su propia cara. Cualquier otra persona que añadas entra en la historia como ella misma, junto al protagonista.

Crear este libro

De nuestro blog

Idioma

🇬🇧 EN · English🇩🇪 DE · Deutsch🇫🇷 FR · Français🇪🇸 ES · Español🇮🇹 IT · Italiano🇳🇱 NL · Nederlands🇸🇪 SV · Svenska🇩🇰 DA · Dansk🇳🇴 NB · Norsk bokmål🇹🇷 TR · Türkçe

Crear una cuentaInicioHistoriasDías especialesCuentos de NavidadCómo funcionaPreguntas frecuentesBlogSobre nosotrosPolítica de privacidadContacto