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La noche de los Reyes Magos un libro personalizado con tu hijo como protagonista

Una estrella, un camello perdido y zapatos en el balcón

La víspera de Reyes, nuestro protagonista escribe su carta y recoge caramelos en la Cabalgata. Esa noche, un camellito perdido y un paje real le piden ayuda para encontrar a Melchor, Gaspar y Baltasar. Juntos siguen la estrella por los tejados y llenan de regalos los zapatos de toda la calle.

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Paleta de colores: deep night blue, royal gold and warm crimson red

Páginas de muestra

Ilustraciones de muestra de este cuento. En tu libro, tu peque será el protagonista y aparecerá con los colores de esta historia.

Caramelos volando desde las carrozas de la Cabalgata de Reyes
Caramelos volando desde las carrozas de la Cabalgata de Reyes
Un camellito, un paje y la estrella sobre los tejados del pueblo
Un camellito, un paje y la estrella sobre los tejados del pueblo
Zapatos llenos de regalos y un roscón en la mañana de Reyes
Zapatos llenos de regalos y un roscón en la mañana de Reyes

Libros de ejemplo

La noche de los Reyes Magos: el cuento completo

Era el 5 de enero, y Marta estaba sentada a la mesa de la cocina con un papel, un lápiz y la lengua asomando un poquito entre los dientes, como hacía siempre que se concentraba mucho. Estaba escribiendo su carta a los Reyes Magos.

«Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar», escribió despacio, con su mejor letra. «Este año me he portado bastante bien, casi siempre». Luego pidió un libro de dragones, unos rotuladores de colores y, al final, con letras muy pequeñas, que su abuela se pusiera buena del resfriado. Dobló la carta con mucho cuidado y le dio un beso.

Por la tarde fueron todos a ver la Cabalgata de Reyes. Las calles estaban llenas de gente, de música y de luces. Pasaron los tambores, pasaron los pajes, pasaron las carrozas brillantes como castillos de cuento, y encima de ellas, saludando, iban los tres Reyes Magos: Melchor con su barba blanca, Gaspar con su barba castaña y Baltasar con su barba negra y su corona dorada.

—¡Caramelos! —gritó Marta.

Desde las carrozas llovían caramelos de todos los colores. Marta abrió el paraguas al revés, como le había enseñado su padre, y los caramelos caían dentro, tac, tac, tac. Cuando la última carroza dobló la esquina, tenía los bolsillos llenos y las mejillas rojas de tanto gritar.

Esa noche, antes de acostarse, toda la familia dejó los zapatos junto a la puerta del balcón. Los de papá, los de mamá, los del abuelo y las zapatillas de Marta, bien colocados en fila. Mamá puso al lado un plato con turrón y polvorones, y tres vasos de agua.

—Para los Reyes —dijo—, que vienen de muy lejos y llegan cansados.

Marta añadió un montoncito de paja en un cubo.

—Y esto para los camellos —dijo—. Que ellos también trabajan mucho.

Después se metió en la cama y cerró los ojos con fuerza. Pero no había manera de dormirse.

Ya muy tarde, cuando toda la casa dormía, Marta oyó algo. Tilín, tilín. Una campanilla, suave, muy cerquita. Se levantó de puntillas y se asomó a la ventana. El cielo estaba lleno de nubes grises, tan espesas que no se veía ni una sola estrella.

Tilín, tilín. El sonido venía de la calle de abajo, una callejuela estrecha y empedrada. Marta se puso el abrigo encima del pijama, cogió el cubo de paja y bajó sin hacer ruido.

Allí, entre dos portales, había un camello. Un camello joven, todavía pequeño, con las patas larguísimas, una campanilla dorada colgada del cuello y unos ojos enormes que parpadeaban, asustados.

—Hola —susurró Marta—. ¿Te has perdido?

El camellito movió las orejas. Marta le acercó un puñado de paja, y él la olió, la mordisqueó y luego se la comió entera, muy contento.

En ese momento se oyeron pasos rápidos. Por la esquina apareció un paje real con una capa de terciopelo y un farol en la mano, sin aliento.

—¡Por fin! —dijo el paje—. ¡Te hemos buscado por todas partes! —Luego miró a Marta—. Se nos escapó en la Cabalgata, detrás de un caramelo de fresa. Y ahora, con estas nubes, no se ve la estrella, y sin la estrella no sé por dónde han ido los Reyes. ¿Me ayudas?

Marta pensó un momento. Miró hacia arriba, a las nubes, y luego al campanario de la iglesia, que era lo más alto del pueblo.

—Desde allí arriba se ve todo —dijo.

Subieron los tres por la escalera de caracol del campanario, el paje con el farol, Marta delante y el camellito detrás, con mucho cuidado de no tropezar. Arriba soplaba el viento frío de enero. Y entonces, poco a poco, las nubes se abrieron como una cortina, y en medio del cielo apareció la estrella, grande y brillante, más brillante que todas las demás.

—¡Allí! —señaló Marta—. ¡Está encima de la plaza!

Siguieron la estrella por los tejados del pueblo dormido. Saltaban de teja en teja, de tejado en tejado, sin hacer ruido, y la campanilla del camellito tintineaba bajito. Abajo, las calles estaban vacías y las ventanas apagadas.

En la plaza, junto a la fuente, esperaban Melchor, Gaspar y Baltasar con sus camellos y sus sacos de regalos. Cuando vieron llegar al camellito, los tres sonrieron a la vez.

—¡Aquí estás, pequeño! —dijo Melchor, y le acarició el cuello.

Nadie le regañó. Baltasar le dio una palmadita y Gaspar le colocó bien la campanilla.

—Y tú debes de ser quien lo ha encontrado —le dijo Gaspar a Marta—. Muchísimas gracias. Sin ti, esta noche se nos habría hecho muy larga.

—¿Nos echas una mano? —preguntó Baltasar con un guiño—. Todavía queda toda la calle.

Y Marta ayudó a los Reyes. Iban de puntillas de balcón en balcón y de puerta en puerta, y en cada zapato dejaban un regalo envuelto en papel brillante. Unas botas pequeñas, unas zapatillas de casa, unos zapatos de abuelo bien lustrados. Nadie se despertó. Solo un gato los vio desde un tejado y no dijo nada.

Antes del amanecer, el paje acompañó a Marta hasta su portal.

—Buenas noches, ayudante real —le dijo, y le hizo una reverencia.

Marta subió, se quitó el abrigo y se metió en la cama, sonriendo. Por la ventana vio pasar a lo lejos las siluetas de los Reyes y sus camellos, cada vez más pequeñas, hasta que se borraron en el cielo, que empezaba a ponerse de color de rosa.

A la mañana siguiente, el 6 de enero, Marta despertó a toda la familia.

—¡Han venido! ¡Han venido los Reyes!

Junto al balcón, los zapatos estaban llenos de regalos. En el plato solo quedaban migas de turrón y de polvorón, los vasos estaban vacíos y en el cubo no había ni una brizna de paja. Marta encontró su libro de dragones y sus rotuladores, y la abuela dijo que, mira por dónde, aquella mañana se encontraba muchísimo mejor.

Para desayunar, papá trajo a la mesa un roscón de Reyes enorme, con frutas confitadas de colores y azúcar por encima. Lo cortaron en trozos y cada uno cogió el suyo. Marta dio un mordisco y notó algo duro.

Era una figurita diminuta: un camellito.

Marta lo miró, sonrió, y se lo guardó en el bolsillo sin decir nada. Aunque la corona de cartón, eso sí, se la puso enseguida.

Papeles para tu familia

Si añades a estas personas al libro, interpretan estos papeles con su propia cara. Cualquier otra persona que añadas entra en la historia como ella misma, junto al protagonista.

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